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Cuidar la
espalda baja
Movilidad, fuerza y hábitos posturales
La espalda baja participa en gran parte de nuestros movimientos cotidianos. Caminar, sentarnos, levantarnos, agacharnos o transportar objetos requiere la coordinación de la columna lumbar, la pelvis, las caderas y los miembros inferiores.
Los músculos del abdomen, la espalda, los glúteos y las piernas colaboran para producir movimiento, mantener la estabilidad y distribuir los esfuerzos durante estas actividades.
Las molestias lumbares pueden relacionarse con diferentes factores, como esfuerzos intensos o repetidos, períodos prolongados de inactividad, cambios en la capacidad física, lesiones o una mayor sensibilidad del sistema nervioso. El estrés y el descanso también pueden influir en la experiencia del dolor.
El dolor es una señal que merece atención, aunque su intensidad no siempre refleja el grado de lesión.
Cuando aparece de manera persistente, se repite o limita las actividades habituales, es importante consultar con un profesional de la salud para comprender sus posibles causas y recibir orientación.
Cuidar la espalda no significa mantenerla rígida ni evitar determinados movimientos, sino desarrollar la movilidad, la fuerza, la coordinación y la capacidad de adaptarnos a las actividades de cada día.
A continuación encontrarás ejercicios y recomendaciones generales para explorar el movimiento, mejorar la condición física y reconocer cómo utilizás tu cuerpo.
Realizá los ejercicios de manera suave y progresiva, respetando tus posibilidades, siempre que el dolor lo permita y no aumente durante su ejecución. Si algún movimiento provoca dolor, lo intensifica o genera nuevos síntomas, interrumpilo y consultá con un profesional de la salud para recibir orientación.
Preparación y ejercicios de movilidad
Antes de comenzar
Cuando aparecen molestias o sensación de rigidez en la espalda baja, puede resultar útil dedicar unos minutos a preparar el cuerpo antes de realizar los ejercicios.
El objetivo es encontrar una posición cómoda, reducir las tensiones innecesarias y comenzar a moverse progresivamente, prestando atención a las sensaciones.
Realizá los movimientos de manera suave y controlada, siempre que el dolor lo permita y no aumente durante su ejecución. No es necesario alcanzar la máxima amplitud ni completar todos los ejercicios.
Calor local
o ducha tibia
Utilizá una temperatura agradable, evitando el calor excesivo o el contacto prolongado de fuentes calientes directamente sobre la piel.
Una ducha tibia o la aplicación de calor suave puede proporcionar alivio temporal y disminuir la sensación de rigidez muscular.
Aplicación de frío
El frío local también puede proporcionar alivio temporal en algunas situaciones de dolor o sensibilidad.
Si utilizás una compresa fría, envolvela en una toalla fina y aplicala durante unos 10 a 15 minutos, comprobando la respuesta de la piel.
Evitá el hielo directamente sobre la piel y no utilices frío si tenés alteraciones de sensibilidad o circulación sin recibir orientación profesional.
No es necesario aplicar frío o calor antes de los ejercicios. Son recursos opcionales que pueden utilizarse según las necesidades y la tolerancia de cada persona.
Cremas o geles de aplicación local
Algunos productos tópicos pueden proporcionar alivio temporal, dependiendo de sus ingredientes.
Si decidís utilizarlos, seguí las indicaciones del producto y evitá aplicarlos sobre piel irritada o combinarlos con calor sin comprobar previamente que sea seguro.

Movilidad lumbar y de caderas
La columna lumbar, la pelvis y las caderas participan de manera coordinada en gran parte de nuestros movimientos cotidianos.
Los siguientes ejercicios permiten explorar diferentes direcciones de movimiento, reconocer las sensaciones corporales y mantener o mejorar la movilidad según las posibilidades de cada persona.
Comenzá lentamente, sin rebotes ni esfuerzos excesivos. Mantené una respiración natural y elegí los movimientos que puedas realizar cómodamente.
Rotación lumbar 1
Este ejercicio permite explorar la rotación del tronco y la movilidad de la región lumbopélvica.
Posición inicial: acostate boca arriba, con las rodillas flexionadas, los pies apoyados en el suelo o la cama y separados aproximadamente al ancho de las caderas. Mantené el cuello relajado, y los brazos en una posición cómoda.


Movimiento: dejá caer lentamente ambas rodillas hacia un lado, hasta donde te resulte cómodo y sin forzar el recorrido. Volvé al centro de forma controlada y repetí hacia el otro lado. Permití que el tronco acompañe el movimiento sin forzar los hombros contra la superficie.
Respiración y repeticiones: respir á de forma natural, sin contener el aire. Si te resulta cómodo, acompañá el descenso de las rodillas con una exhalación. Comenzá con 5 repeticiones hacia cada lado, adaptando el recorrido a tus posibilidades.
No es necesario que las rodillas lleguen hasta el suelo. A medida que mejore tu movilidad, podrás ampliar gradualmente el recorrido, siempre sin forzar el movimiento ni aumentar las molestias.
Rotación lumbar 2
Esta variante permite explorar la rotación del tronco y la movilidad de la región lumbopélvica, modificando la posición de las piernas.
Posición inicial: acostate boca arriba, con las rodillas flexionadas y los pies apoyados sobre la cama o el suelo. Cruzá una pierna sobre la otra.


Movimiento: dejá caer lentamente ambas piernas hacia el lado de la pierna que quedó arriba, hasta donde te resulte cómodo y sin forzar el recorrido. Mantené el cuello relajado y permití que el tronco acompañe el movimiento sin forzar los hombros contra la superficie.
Duración y respiración: si la posición te resulta cómoda, mantenela durante unos 20 a 30 segundos, respirando con naturalidad. Después, volvé lentamente al centro, descruzá las piernas y repetí hacia el otro lado, invirtiendo el cruce.
No es necesario acercar las rodillas al suelo. A medida que mejore tu movilidad, podrás ampliar gradualmente el recorrido, siempre sin forzar ni aumentar las molestias.
Estiramiento completo del tronco
Este ejercicio combina la rotación del tronco con la apertura de un brazo y el cruce de una pierna. Permite explorar la movilidad de la columna, los hombros y las caderas, y generar un estiramiento en distintas zonas del pecho, la espalda y los miembros superiores.
Posición inicial: acostate boca arriba, con las piernas extendidas y los brazos relajados.


Movimiento: Elevá un brazo y llevalo hacia atrás y en diagonal, hasta apoyar el dorso de la mano sobre la cama o el suelo, con la palma orientada hacia arriba. Mantené el codo ligeramente flexionado y el hombro relajado. Flexioná la rodilla del mismo lado que el brazo extendido y cruzala por encima de la otra pierna, acompañando el movimiento con una rotación suave del tronco. Si te resulta cómodo, podés ayudarte con la mano libre para guiar suavemente la rodilla hacia la superficie, sin empujar ni forzar el movimiento.
Duración y respiración: mantené la posición entre 20 y 30 segundos, siempre que te resulte cómoda y sin aumentar las molestias. Respir á con naturalidad. Para regresar, llevá lentamente la rodilla y el brazo al centro. Repetí hacia el otro lado.
Al principio, no es necesario que la mano o la rodilla lleguen a tocar la superficie. A medida que mejore tu movilidad articular, podrás ampliar gradualmente el recorrido hasta llegar a apoyar ambas partes y descansar en esa posición, siempre sin forzar los hombros ni la espalda.
Estiramientos complementarios en distintas posiciones
Además de los ejercicios acostado, podés explorar movimientos suaves de la espalda y las caderas sentado o de pie. Estas variantes permiten movilizar el tronco y estirar la musculatura posterior de los muslos y de la región lumbar, adaptando el recorrido a tus posibilidades.
Inclinación hacia adelante desde una silla

Este movimiento permite explorar la flexión de la columna y la movilidad de las caderas, con participación de la musculatura posterior de los muslos.
Posición inicial: sentate en una silla estable, con los pies apoyados en el suelo, separados aproximadamente al ancho de las caderas y orientados hacia adelante. Colocá las manos sobre las rodillas.
Movimiento y respiración: exhalá mientras inclinás lentamente el tronco hacia adelante, acercando el hombro derecho a la rodilla derecha y luego el izquierdo a la rodilla izquierda, sin forzar el recorrido.
Al incorporarte, inhalá y utilizá las manos como apoyo si lo necesitás, evitando impulsarte o hacer fuerza con los brazos.

No es necesario llevar la cabeza hasta las rodillas ni buscar una sensación de tracción intensa. Si tenés dolor lumbar, ciática u otra afección de la columna, la conveniencia de este movimiento depende de tus síntomas y de la evaluación profesional.
Respiración:
exhalá al inclinarte e inhalá al incorporarte, sin contener el aire.
Flexión del tronco
de pié
Esta variante permite movilizar la columna y las caderas desde la posición de pie, con un estiramiento variable de la región lumbar y de la parte posterior de los muslos.

Posición inicial: colocate de pie, con los pies separados aproximadamente al ancho de las caderas y orientados hacia adelante. Mantené las rodillas ligeramente flexionadas, sin bloquearlas.
Movimiento y respiración: exhalá mientras inclinás lentamente el tronco hacia adelante, dejando que las manos desciendan por delante de las piernas hasta donde te resulte cómodo.
Mantené el peso distribuido entre ambos pies. Para regresar, flexioná ligeramente las rodillas si lo necesitás e incorporá el tronco de forma gradual, respirando con naturalidad.
No rebotes ni intentes alcanzar el suelo. Si te cuesta mantener el equilibrio, realizá el movimiento cerca de un apoyo estable.
Acercamiento de una rodilla al tronco
Esta alternativa permite adoptar una posición de flexión de cadera con apoyo, que algunas personas encuentran cómoda para relajar la musculatura de la región lumbar.
Posición inicial: sentate en un sillón estable, preferentemente con apoyabrazos, y mantené la espalda en una posición cómoda.
Movimiento: acercá una rodilla hacia el tronco y, si la altura del asiento lo permite, apoyá el pie sobre el sillón. Utilizá las manos para acompañar suavemente la pierna, sin tirar con fuerza ni comprimir el abdomen.
Mantené la posición solo si resulta cómoda y luego regresá lentamente el pie al suelo. Repetí con la otra pierna.
No necesitás acercar la rodilla al máximo. Si esta posición aumenta el dolor lumbar, provoca molestias en la cadera o genera síntomas hacia la pierna, no la fuerces.

Del movimiento al fortalecimiento
A medida que las molestias disminuyen y los movimientos se vuelven más cómodos, es posible incorporar ejercicios de mayor amplitud y comenzar a desarrollar progresivamente la fuerza, la resistencia y la coordinación muscular.
La región lumbar no trabaja de manera aislada. Su funcionamiento depende de la participación conjunta de los músculos del abdomen, la espalda, la pelvis, las caderas, los glúteos y los miembros inferiores.
Fortalecer estas estructuras y mejorar su coordinación puede favorecer la estabilidad, la distribución de las cargas y la capacidad del cuerpo para responder a las exigencias de las actividades cotidianas.
Fortalecer y reeducar el movimiento
La fuerza muscular es importante, pero también lo es aprender a utilizarla.
Desde los principios de la reeducación de los hábitos posturales, se busca reconocer cómo organizamos el cuerpo durante el movimiento: la posición de los pies, la distribución del peso, la participación de las rodillas y las caderas, la organización del centro de masa y la coordinación del tronco.
Estos principios pueden aplicarse al sentarse y levantarse, caminar, agacharse, alcanzar objetos o transportar cargas.
No se trata de mantener una postura rígida o perfecta, sino de desarrollar la capacidad de adaptar el cuerpo a cada movimiento, utilizando la movilidad y la fuerza de manera coordinada.
¿Cuándo comenzar?
Los ejercicios de fortalecimiento pueden incorporarse gradualmente cuando los movimientos resultan tolerables y las molestias permiten realizarlos sin un aumento importante o persistente del dolor.
No es necesario esperar a que desaparezca por completo toda molestia, pero sí comenzar con ejercicios sencillos, pocas repeticiones y una intensidad adecuada a las posibilidades de cada persona.
La progresión debe permitir que el cuerpo se adapte sin provocar un empeoramiento sostenido de los síntomas.
A continuación se presentan ejercicios para fortalecer el abdomen, la espalda, las caderas, los glúteos y los miembros inferiores, incorporando principios de coordinación y reeducación del movimiento que pueden trasladarse a la vida cotidiana.
Reeducación del movimiento: ejercicios paso a paso
Esta propuesta reúne ejercicios para desarrollar fuerza, mejorar el control del movimiento y trabajar la movilidad corporal. La idea no es hacer muchas repeticiones ni alcanzar posiciones difíciles, sino aprender a utilizar el cuerpo con mayor control, reconocer los apoyos y distribuir el esfuerzo.
Empezá por las variantes más sencillas y avanzá cuando puedas realizarlas sin perder el equilibrio, contener la respiración ni generar molestias. Utilizá una silla, una pared o una mesa firme cuando necesites apoyo. Si tenés una lesión reciente, una cirugía, estás embarazada o tenés alguna indicación médica específica, adaptá los ejercicios a las recomendaciones de tu profesional de salud.
Fortalecimiento del tronco inferior
Sentarse y levantarse
de una silla
Este ejercicio permite practicar un movimiento que repetimos muchas veces al día: pasar de sentado a parado y volver a sentarnos. Además de trabajar la fuerza de las piernas, nos ayuda a reconocer cómo utilizar los pies como base, organizar el tronco y controlar el descenso.
Al levantarte, los músculos de las piernas y las caderas producen la fuerza necesaria para elevar el cuerpo. Al sentarte lentamente, esos mismos grupos musculares controlan el descenso y ayudan a evitar que el cuerpo caiga bruscamente sobre el asiento.
La propuesta de Hábitos Posturales consiste en prestar especial atención al pie que ubicás al costado y ligeramente detrás de la silla. Buscá apoyar sus cinco dedos y utilizarlos como parte de la base desde la que organizás el movimiento
Posición inicial
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Sentate en una silla firme, con los pies apoyados y el cuello relajado.
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Colocá uno de los pies ligeramente detrás y hacia el costado de la silla, de manera que puedas apoyar sus cinco dedos.
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Mantené el tronco erguido, sin endurecer la espalda ni elevar los hombros.
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Si lo necesitás, sujetate de una superficie estable para facilitar el equilibrio y ayudarte con los brazos.


Movimiento
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Iniciá el ascenso empujando el suelo con el pie que está detrás y al costado de la silla. Utilizá la fuerza de las piernas para elevar el cuerpo, acompañando el movimiento con el tronco organizado.
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Cuando llegues a la posición de pie, mantenela unos segundos si te resulta cómodo.
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Para volver a sentarte, flexioná las caderas y las rodillas y descendé lentamente.
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Intentá frenar el movimiento antes de tocar el asiento. Mantené el control durante unos segundos y terminá de sentarte suavemente, sin dejar caer el peso.
Practicá primero con una pierna colocada detrás y luego cambiá la posición para repetir con la otra. El objetivo es trabajar ambos lados y observar si existen diferencias de fuerza, control o equilibrio.
Al principio, quizá solo puedas hacer unas pocas repeticiones. Podés sentir mucho esfuerzo e incluso pequeños temblores involuntarios en las piernas cuando aparece la fatiga. No necesitás llegar al agotamiento: si perdés el control, el temblor es intenso o no podés mantener una ejecución segura, descansá y reducí la exigencia.
Respiración: inhalá al levantarte y exhalá mientras descendés, procurando no contener el aire.
Progresión: pasar de parado a arrodillado
Cuando puedas sentarte y levantarte con buen control, podés avanzar hacia una variante más exigente: pasar de estar de pie a arrodillarte y volver a levantarte. El movimiento utiliza principios similares, pero requiere más fuerza, movilidad y equilibrio.
La idea es aprender a acercar una rodilla al suelo de manera controlada, sin dejar caer el cuerpo ni golpear la articulación. Al igual que al sentarte, el descenso debe estar frenado por el trabajo muscular.
Cómo comenzar
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Colocá una silla firme a tu lado para poder sujetarte.
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Si necesitás más apoyo, utilizá dos superficies estables, una a cada lado, siempre que no puedan deslizarse.
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Descendé lentamente, utilizando las piernas y los brazos según lo necesites.
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Apoyá la rodilla con suavidad sobre una superficie acolchada, sin golpearla.
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Para levantarte, empujá con las piernas y ayudate con los brazos hasta que puedas realizar el movimiento con menos asistencia.

Con la práctica, podés reducir gradualmente la ayuda de los brazos. No hace falta apurarse para llegar a hacerlo sin apoyo. Si arrodillarte provoca dolor en las rodillas o no tenés movilidad suficiente, no fuerces esta progresión.
Elevación de talones:
fortalecimiento de pantorrillas y pies
Este ejercicio trabaja principalmente los músculos de las pantorrillas y requiere que los pies controlen el apoyo mientras el cuerpo se eleva y desciende. También permite practicar el equilibrio y la distribución del peso sobre la parte anterior del pie.

Posición inicial
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Parate frente a una pared, una mesa firme o una superficie estable.
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Colocá los pies aproximadamente al ancho de las caderas, con los dedos orientados hacia adelante.
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Apoyá las manos para mantener el equilibrio, sin descargar innecesariamente todo el peso sobre los brazos.
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Buscá que los dedos estén separados de manera natural y que el apoyo del pie se distribuya sin concentrar toda la carga en el dedo gordo ni en el borde externo.
Movimiento
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Elevá los talones lentamente hasta quedar en punta de pie.
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Mantené la posición unos segundos, siempre que puedas sostener el equilibrio.
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Bajá los talones de manera controlada, evitando dejarlos caer.
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Repetí el movimiento según tu capacidad y descansá cuando lo necesites.

A medida que avances, podés trabajar con mayor control sobre cada pie por separado, pero primero conviene dominar la variante con ambos pies apoyados.
La finalidad no es solamente subir los talones, sino desarrollar la capacidad de controlar el apoyo, distribuir el peso entre los dedos y mantener la estabilidad durante el movimiento.
Estas habilidades son importantes para actividades como caminar, cambiar de dirección y mantener el equilibrio.
Respiración:
Inhalá al elevar los talones y exhalá al bajar, sin bloquear la respiración.
Estiramientos de pantorrillas
Este ejercicio permite trabajar la movilidad del tobillo y el estiramiento de los músculos de la pantorrilla.


Posición inicial
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Parate frente a una pared y apoyá las manos.
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Llevá un pie hacia atrás, manteniendo los dedos orientados hacia adelante.
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Mantené el talón posterior apoyado en el suelo.
Movimiento
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Flexioná suavemente la rodilla delantera y llevá el cuerpo hacia la pared.
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Mantené la pierna posterior en una posición cómoda, sin bloquear la rodilla.
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Buscá una tensión tolerable en la pantorrilla, sin dolor.
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Sostené la posición unos segundos y regresá lentamente.
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Repetí con la otra pierna.
Respiración:
Respirá de manera tranquila durante el estiramiento; podés exhalar suavemente al avanzar hacia la posición.
2. Fortalecimiento del abdomen y control del tronco
Los músculos abdominales participan en el control del tronco y colaboran con la pelvis y los músculos de la espalda durante numerosos movimientos. Los utilizamos al incorporarnos de la cama, girar, levantarnos del suelo y cambiar de posición.
En esta sección no vamos a separar el abdomen en dos músculos independientes llamados «superior» e «inferior». El abdomen trabaja como un conjunto, aunque cada ejercicio puede dar mayor participación a determinados grupos musculares según el movimiento que realicemos.
Incorporarse de manera diagonal
Este primer ejercicio permite comenzar a trabajar los abdominales mediante un movimiento parecido al que hacemos cuando queremos incorporarnos de la cama. La intención es combinar una pequeña elevación del tronco con una rotación, sin tirar de la cabeza ni endurecer el cuello.
Posición inicial
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Acostate boca arriba sobre una superficie firme y cómoda.
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Flexioná las rodillas y apoyá los pies, separados aproximadamente al ancho de las caderas.
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Colocá una mano sobre el abdomen para percibir la contracción muscular.
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Apoyá la otra mano detrás de la cabeza, sin tirar de ella ni presionar la nuca.


Movimiento
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Elevá suavemente la cabeza y la parte superior del tronco, dirigiéndolos en diagonal hacia un lado.
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Realizá una elevación pequeña. No hace falta sentarte por completo ni levantar mucho la cabeza.
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Evitá impulsarte, contener el aire o generar tensión excesiva en el cuello y la garganta.
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Descendé lentamente hasta volver a apoyar el tronco.
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Repetí hacia el otro lado, respetando tu capacidad.
Prestá atención a cómo participan los abdominales y evitá que el movimiento se transforme en un esfuerzo del cuello. Si sentís dolor en la espalda, el cuello o el abdomen, detené el ejercicio y revisá si es adecuado para vos.
Respiración:
Inhalá al elevarte y exhalá al descender.
La práctica puede ayudarte a mejorar la fuerza y el control necesarios para incorporarte. Sin embargo, no garantiza que levantarse de la cama resulte siempre fácil ni reemplaza las indicaciones específicas que se dan después de una cirugía o durante el embarazo.
Movimiento abdominal con las rodillas hacia el tronco
Esta variante incorpora el movimiento de las piernas y exige mayor control de la zona abdominal y de la pelvis. Conviene realizarla cuando el ejercicio anterior resulte cómodo y puedas mantener la respiración sin generar tensión excesiva en la espalda.

Posición inicial
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Acostate boca arriba, con las rodillas flexionadas y los pies elevados.
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Colocá las manos a los costados o utilizá una para controlar la posición de la cabeza y el cuello, sin tirar de ellos.
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Mantené la zona lumbar en una posición cómoda, sin forzarla contra el suelo.

Movimiento
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Elevá una rodilla hacia el tronco y luego la otra, manteniendo las piernas flexionadas.
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Cuando puedas controlar esa posición, acercá suavemente ambas rodillas hacia el pecho.
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Realizá un recorrido pequeño, sin enviones y sin intentar llevar las rodillas más lejos de lo que te resulte cómodo.
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Regresá lentamente a la posición inicial, apoyando los pies de manera controlada.
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Repetí según tus posibilidades, descansando si aparece fatiga excesiva.
Si al elevar las piernas se arquea mucho la zona lumbar, aparece dolor o sentís que el esfuerzo se concentra en la espalda, reducí el recorrido o volvé a la variante anterior.
No es necesario despegar la pelvis del suelo para que el ejercicio sea útil.
Respiración:
exhalá al acercar las rodillas al tronco e inhalá al regresar.
Elevación de la pelvis
Este ejercicio trabaja los glúteos y otros músculos que participan en la extensión de las caderas, además de requerir control del tronco y de la pelvis. Puede ayudar a desarrollar fuerza para actividades como levantarse, caminar y mantenerse de pie.
Posición inicial
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Acostate boca arriba con las rodillas flexionadas y los pies apoyados, aproximadamente al ancho de las caderas.
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Dejá los brazos a los costados del cuerpo o apoyá las manos sobre la superficie, según te resulte más cómodo.
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Mantené los hombros relajados y apoyados.

Movimiento
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Elevá la pelvis lentamente, despegándola de la superficie.
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Subila solamente hasta donde puedas mantener el control, sin arquear excesivamente la zona lumbar.
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Mantené la posición unos segundos si te resulta cómodo.
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Descendé lentamente hasta volver a apoyar la pelvis.

Si apoyar las manos detrás de la espalda o debajo de ella te provoca molestias en los hombros, los codos o las muñecas, dejalas a los costados del cuerpo. No es necesario forzar los brazos para realizar este ejercicio.
Respiración:
Inhalá al elevar la pelvis y exhalá al bajar.
Patada lateral
Este ejercicio trabaja principalmente los músculos de la cadera, incluidos los glúteos y los músculos que ayudan a separar la pierna y estabilizar la pelvis. También requiere coordinación y control del tronco.
Posición inicial
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Arrodillate sobre una superficie acolchada.
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Apoyá un antebrazo y la mano del mismo lado sobre una superficie firme.
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Organizá el tronco de manera estable, sin hundir el hombro ni forzar la zona lumbar.


Movimiento
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Elevá la pierna hacia el costado, como si realizaras una patada lateral.
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Mantené la rodilla ligeramente flexionada si eso te ayuda a controlar el movimiento.
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Elevá la pierna solamente hasta donde puedas mantener la pelvis estable.
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Bajala lentamente y repetí hacia el mismo lado antes de cambiar de pierna.
No busques levantar la pierna lo más alto posible. Lo importante es controlar el movimiento sin girar la pelvis ni arquear excesivamente la espalda. Este ejercicio puede contribuir al fortalecimiento de la musculatura de la cadera.
Respiración:
Exhalá al elevar la pierna e inhalá al volver a la posición inicial.
Movilidad y estiramientos progresivos
Una vez que las molestias disminuyen y recuperamos mayor movilidad, fuerza y control del movimiento, podemos incorporar ejercicios de estiramiento más amplios que involucren la columna, la pelvis y las caderas.
Estos ejercicios pueden comenzar sobre una cama firme o una superficie cómoda y progresar gradualmente hacia el suelo o un tatami, según las posibilidades de cada persona.
El objetivo es ampliar progresivamente la movilidad, mejorar la coordinación y recuperar la confianza en movimientos que requieren mayor flexibilidad y control corporal.
No es necesario alcanzar la posición final de cada ejercicio. Lo importante es avanzar sin forzar las articulaciones, respetando los límites individuales y siempre que el dolor lo permita y no aumente durante su ejecución.
Inclinación lateral de la espalda en cuatro apoyos
Esta posición permite practicar movimientos laterales del tronco y de la columna con el apoyo de las manos y las rodillas.

Posición inicial
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Colocate en cuatro apoyos sobre una superficie acolchada.
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Separá las manos aproximadamente al ancho de los hombros y mantené los codos ligeramente flexionados.
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Ubicá las rodillas a una distancia cómoda y apoyá los pies sin forzar los empeines.
Movimiento
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Girá suavemente la cabeza y el tronco hacia un costado, como si quisieras mirar hacia tus pies.
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Volvé al centro.
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Repetí hacia el otro lado, sin llevar el movimiento más allá de lo que puedas controlar.
Respiración:
Exhalá al girar e inhalá al regresar al centro.

Arrodillado con los brazos hacia adelante
Esta posición permite explorar la flexión de las caderas y el tronco, siempre que las rodillas y los tobillos toleren el apoyo.

Posición inicial y movimiento
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Arrodillate sobre una superficie acolchada.
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Apoyá las manos delante del cuerpo.
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Desplazá lentamente la pelvis hacia los talones, sin forzar las rodillas ni los empeines.
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Regresá hacia adelante cuando notes que llegaste al límite cómodo del movimiento.
Si no podés acercarte a los talones, no fuerces la posición. Podés colocar almohadas entre la pelvis y los talones o reducir el recorrido. Si arrodillarte te provoca dolor, elegí otra variante de movilidad.
Arrodillado con rotación del tronco
Esta variante agrega una rotación a la posición anterior y requiere más movilidad de la columna, los hombros y las caderas
Posición inicial
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Colocate de rodillas, con las rodillas separadas a una distancia cómoda y el tronco erguido.
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Apoyá una mano en el suelo o sobre una superficie firme a un costado.
Movimiento
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Girá lentamente el tronco hacia el lado de la mano que está apoyada.
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Mové el otro brazo en dirección a esa mano, sin forzar el hombro.
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Volvé a la posición inicial y repetí hacia el otro lado.


La rotación debe distribuirse de forma cómoda entre las partes del tronco que puedan participar. No fuerces las rodillas, los empeines ni la espalda para alcanzar la mano.
Arrodillado con rotación y inclinación lateral
Este ejercicio combina la rotación y la inclinación lateral del tronco, favoreciendo el estiramiento de los músculos y tejidos blandos de la espalda.
Puede generar una sensación de descompresión y alivio de las tensiones. Es una variante más exigente, que conviene practicar cuando los movimientos anteriores resultan cómodos.

Movimiento
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Desde la posición arrodillada, apoyá una mano en el suelo.
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Flexioná ligeramente el codo de apoyo, sin hundir el hombro.
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Llevá el otro brazo por encima de la cabeza, hacia el costado opuesto, acompañando el movimiento con una inclinación lateral suave del tronco.
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Dejá que la cabeza acompañe naturalmente el movimiento, sin forzar el cuello.
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Volvé al centro y repetí hacia el otro lado.
Realizá el movimiento suavemente, sin buscar una amplitud máxima ni provocar dolor.
Posición de descanso con apoyo
La última variante busca una posición de descanso más amplia, que requiere mayor movilidad de las caderas, las rodillas, los hombros y la espalda. No es imprescindible llegar a ella para beneficiarse de los ejercicios anteriores.
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Descendé lentamente hacia la posición de descanso, utilizando almohadas o apoyos debajo del tronco si los necesitás.
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Dejá los brazos en una posición cómoda y evitá forzar los hombros.
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Permanecé solamente mientras puedas respirar con tranquilidad y no aparezcan molestias.
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Para salir, utilizá los brazos como apoyo y regresá lentamente a una posición desde la que puedas incorporarte con seguridad.

La posición debe adaptarse a tu movilidad. Si no podés llegar al suelo sin tensión excesiva, utilizá apoyos o elegí una variante más sencilla.
No hace falta alcanzar una posición profunda para conseguir un efecto de descanso.
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