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Aikido

“Herir a un oponente  
es herirte a
tí mismo”
 

O´Sensei Ueshiba Morihei regando
​Morihei Ueshiba O’ Sensei (1883-1969)
fundador de Aikido 

Libro el Arte de La Paz,
Editorial Kairós x John Stevens. 2009

“Según las circunstancias debes ser:

Duro como el diamante,

Flexible como el sauce,

De suave fluir como el agua

o Tan vacío como el espacio”

“Si te atacan con fuego,

responde con agua,

Nunca choca con nada y queda indemne”

“Brota de la gran tierra,

Álzate como las grandes olas,

Enraízate como un árbol,

Descansa como una roca,

Muévete como un haz de luz,

Vuela como un rayo,

Golpea como un trueno”

“Ten siempre presente la interacción

Del cielo y la tierra”

“Las acciones mas perfectas son el eco de patrones
que se encuentran en la naturaleza"​

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Kissomaru Ueshiba y Mariano Maradei
Kisshōmaru Ueshiba Sensei y Mariano Maradei. 
Hombu Dojo. Shinjuku. Tokyo. Japón. (1998) 

​“Lo importante en aikido es permitir a cada persona,
adoptar los principios de éste arte
de la no violencia
en función de la personalidad, de su edad
y de la generación a la que pertenece
.”
 

-Kisshōmaru Ueshiba Sensei (1921-1999)
Hijo de Morihei Ueshiba.

Cuento acerca de la esencia de aikido:
En un tren de Tokio

Traqueteaba el tren ruidosamente a través de los suburbios de Tokio, en una adormecida tarde primaveral.

Nuestro vagón estaba comparativamente vacío; unas pocas amas de casa con sus niños uno al lado del otro, alguna gente mayor yendo de compras.

Yo miraba, ausente, las cosas monótonas y arbustos empolvados de las verjas.

En una estación las puertas se abrieron y de pronto la tranquilidad de la tarde fue destruida por un hombre que aullaba maldiciones violentas e incomprensibles.

El hombre se tambaleó dentro del vagón.

Vestía sus ropas de un obrero, y era grande, sucio y estaba borracho.

Gritando, lanzó un puñetazo hacia una mujer que sostenía un bebé en sus brazos. De milagro no le pegó.

El obrero apuntó una patada a la espalda de una anciana que se alejaba, pero le erró mientras ella se apresuraba hacia un lugar seguro.

Esto encolerizó tanto al borracho que tomó un tubo de metal del vagón y trató de arrancarlo fuera de su soporte.

Pude ver que una de sus manos estaba cortada y sangrando.

El tren corría a gran velocidad, y los pasajeros estaban congelados de miedo.

Yo me paré. Era joven, entonces, hace unos 20 años, y estaba en muy buena forma.

Había estado entrenando unas buenas ocho horas de aikido casi todos los días, durante los últimos tres años.

Me gustaba arrojar y retener. Y yo me creía duro.

El problema era que mi habilidad marcial aún no había sido probada en un combate real.

Mi maestro había dicho una y otra vez,

“Herir a un oponente es herirte a ti mismo”.
 Aikido es el arte de la reconciliación.
Quien quiera luchar
ha roto su conexión
con el universo”

En mi corazón, sin embargo, yo quería

una oportunidad absolutamente legítima

donde pudiera salvar al inocente

destruyendo al culpable.

-¡Esta es!- me dije a mí mismo, mientras me paraba.

Acá hay gente en peligro y si no hago algo rápido, seguramente se van a lastimar. Al ver que me paraba, el borracho reconoció una oportunidad de enfocar su ira: 

¡Ajá, un extranjero!, ¡te hace falta una lección de modales japoneses!

Me sujeté levemente de la correa del techo, y lo miré con disgusto y rechazo. Planeaba aplastarlo en el suelo, pero él tenía que hacer el primer movimiento. Quería que perdiera el control, así que cerré mis labios y le tiré un beso insolente.

 

¡Muy bien! Dijo con una alarido- vas a tener tu lección.

Se preparó para lanzarse hacia mí.

Una milésima de segundo antes que se pudiera mover alguien gritó:

-!Ey!- El sonido era tan fuerte que retumbaba en los oídos.

 

Recuerdo que era un sonido alegre, vibrante, como si un amigo y vos hubieran estado buscando diligentemente algo y de pronto él lo encontrara.

 

Roté hacia mi izquierda, y el borracho hacia su derecha.

 

Ambos elevamos la vista en un pequeño japonés.

Debería estar bien entrado en sus setentas; éste pequeño caballero, sentado allí con su kimono inmaculado.

No hizo caso de mí, pero sonreía con placer hacia el obrero, como quien tiene el secreto mas importante y mas deseado de compartir.

 

¡Veni, vení!- dijo el viejito fluidamente en el idioma local, haciéndole señas al borracho.

 

-Vení y charlemos- Su mano lo invitaba con gentileza.

 

El hombre grande lo siguió, como si estuviera atado a un piolín. Plantó sus pies frente del anciano caballero, y rugió por sobre el traqueteo de las ruedas.

¿!por qué querría yo hablar con usted!?-

 

El borracho tenía ahora su espalda hacia mí. Si su codo se movía siquiera un milímetro, yo le saltaba encima.

 

El anciano continuaba sonriendo al obrero.

¿Qué estuviste tomando?

- preguntó. Sus ojos brillando con interés.

 

¡Estuve tomando sake y no es asunto tuyo!

rugió el obrero mientras hilos de baba caían sobre el anciano.

 

-¡Ahh, eso es maravilloso!- Dijo el anciano

-¡totalmente maravilloso!-.

 

-¿Sabes? a mi también me encanta el sake.

Todas las noches, mi mujer y yo;

calentamos una botellita de sake y la llevamos al jardín,

y nos sentamos en un viejo asiento de madera.

Vemos el atardecer, y vemos cómo anda nuestro árbol de níspero. Mi bisabuelo lo plantó, y me preocupa si se va a recuperar de las heladas que tuvimos el último invierno.

 

Nuestro árbol está mejor de lo que pensaba, considerando la mala calidad del suelo.

Es muy lindo mirarlo cuando tomamos nuestro sake y disfrutamos de la tarde ¡aún cuando llueve!.

- Alzó su vista el obrero, sus ojos brillando.

Mientras se esforzaba para seguir la conversación del anciano, el rostro del borracho comenzó a ablandarse.

Sus puños lentamente se abrieron.

 

-Si-, dijo,- a mi también me gustan los nísperos…

Sí!-, dijo el anciano, sonriendo, y estoy seguro que tenés una mujer maravillosa.

- No, respondió el obrero - mi esposa murió.

Muy lentamente, oscilando con el movimiento del tren,

el grandulón comenzó a sollozar.

-No tengo esposa, no tengo casa, no tengo trabajo!.

 

Estoy tan avergonzado de mi mismo!…

 

Las lágrimas le rodeaban por sus mejillas, un espasmo de desesperación le onduló por el cuerpo.

 

Ahora era mi turno.

Parado allí de pronto me sentí mas sucio que él.

 

Giré mi cabeza para la última mirada.

El obrero estaba desparramado en el asiento, su cabeza en la falda del anciano.

El anciano le acariciaba suavemente sus cabellos sucios y despeinados.

 

Mientras el tren se iba, me senté en un banco.

Lo que había tratado de hacer con los músculos había sido logrado con palabras gentiles.

 

Acababa de ver al aikido utilizado en combate,

y su esencia era el amor.

Tendría que practicar el arte

con un espíritu totalmente diferente.